historia de los parroquianos del fin del mundo

Historia de los parroquianos

del fin del mundo

Rubén Llensa

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San Marín - Mendoza

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El tontódromo

 

   Cualquier parroquiano de San Martín que decida transitar por el centro de la ciudad  un fin de semana, se encontrará obligadamente con el conocido “tontodromo”. Palabra acuñada por el genio popular y que define, más que el transito lento de vehículos, una actitud que se ha tornado costumbre. Por lo general los automóviles están bien lustrados, con un brillo que suele obtenerse en abúlicas siestas de fin de semana. Lo cierto es que el desfile se torna infinito, se prolonga en una diversidad de sonidos, luces y gestos. Los conductores suelen expresar su mejor cara de satisfacción, de miradas pausadas e inquisidoras de cualquier cosa que parezca nueva.

   La marcha alcanza apenas unas cuadras, hasta donde termina la calle,  luego se retoma a toda velocidad por la arteria paralela, para volver a una carrera donde sólo gana la paciencia con ínfimos movimientos mecánicos.

   Ninguna urgencia cuenta, si alguien ingresó al tontodromo, aceptó tácitamente las reglas de juego. No importa si se maneja una seudo Ferrari japonesa, un 600 con luces azules o un Valiant con alerones. Lo importante es que por un momento todos suponemos que nuestro móvil es una exteriorización de nuestra personalidad y que nuestra música es la que todos deben escuchar. Nadie parece mirar a nadie, pero en el fondo, la imaginación logra forjarnos una idea de lo que el otro piensa de nosotros o al menos, lo que pretendemos que piense.

   Esto no es un fenómeno actual. Es una rancia costumbre que  tiene más años de lo que suponemos. Ya viejos finqueros, bodegueros y gente acomodada salía a dar la vuelta del perro los fines de semana. Sacaba a la familia a pasear al centro, y miraba como también miran ahora. Desde el interior del vehículo, sin mezclarse con los caminantes.

Siempre hubo dos personajes bien definidos transitando por las calles los domingos: el caminante y el conductor de automóvil. Dos especies que sólo tiene en común las miradas. Dos que se necesitan para justificar un vacío dominguero. Es decir, se muestra lo humano desde el exterior, desde los cafés vidrieras, desde cualquier silla ubicada estratégicamente en las veredas o desde donde la imaginación lo sugiera. Todo está a la vista.

   Si por alguna casualidad del destino, un domingo cualquiera el centro está despoblado de la larga cadena vehicular, de los que miran y son mirados en un circuito cíclico que jamás cierra; digo, si esto faltara algún día es que algo verdaderamente insospechado habrá pasado en el pueblo.

 

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Los sueños del “Chacarero”

 

   Es el mediodía de finales de noviembre. El calor y el viento seco se hacen sentir, la pereza y el desgano son una condición natural entre los parroquianos que retornan a sus casas.

   Cerca del club “Albirrojo” hay una puerta abierta, una cerveza a medio tomar y un sillón donde un hombre sueña o recuerda con sus ojos cerrados. Un tal Ortega, Pedro Ortega, también conocido como el “Chacarero”. Por un instante me permite compartir sus recuerdos. Corren los años ’50; él es un muchacho sentado a un costado del potrero, observa el ingenioso método de los otros jóvenes para elegir arco y jugadores. Un pie delante y pegado al otro, quien pise primero tendrá una ventaja. Orlando, el empleado del correo gana y  selecciona sus jugadores para el típico picadito de todas las tardes. Faltaba un jugador y allá estaba sentado Pedro que vivía del otro lado de la calle Defensa, cruzando las vías, en La Colonia. “¡Vení pibe!, ¿querés jugar?”. Ortega miró para atrás por las dudas que se refirieran a otro y sin dudarlo se incorporó. Como aun no era conocido, el Orlando hizo un comentario: “este pibe tiene cara de chacarero” aunque lo que quiso decir es que tenía cara de “forastero”.  Y ahí quedó, a partir de un equivoco en las palabras, Ortega fue rebautizado a fuego y para siempre.

   La palabra amateurs tampoco era muy usual, aquellos jugadores le ponían bronca, rabia y pasión desenfrenada que solían definirla como amor.

   Así se fueron configurando las inferiores del Club San Martín cuando este era una manzana entre las calles Tomás Thomas y Vélez Sársfield, en el antiguo barrio de “las ranas” o “colchón al hombro” zona de inundación en la época de tormentas.

    Carlitos Matilla iba al arco, Pito Molina, Manuel Lara eran defensores, seguían Tito Martínez, Roberto Guidone, Oscar Salinas, el flaquito que parecía que se le quebraban las rodillas, pero en realidad las tenía de fierro. El número 7 era Raúl Vargas, el boxeador, campeón de la liga mendocina y campeón argentino, lo apodaban el “Pavito Vargas”. El “Chacarero” Pedro Ortega jugaba de 8, de 9 el maestro Edgardo Maravilla. Y el 10 fue algo muy especial, Nello de la Vega era un jugador que había convocado Palmira, lo hicieron bajar del Cuyano en San Martín y de alguna manera se lo robaron a los jarilleros.

   ...Y los recuerdos pasan como un sueño lento, el gol del empate con Argentino en la cancha de Talleres aparece en la memoria como un fogonazo.

   Los días jueves en que jugaban contra la primera humillándola siempre con destreza y bronca. El “Chacarero” imaginaba que se ponía el equipo en la espalda y les gritaba a sus compañeros vamos...vamos chacarero. Perdían en el primer tiempo contra Guaymallén y vamos chacarero, y la energía que él llama bronca, rabia y amor contagia al equipo que termina definiendo  seis a uno. “No, no hay que ser humilde para jugar al fútbol”, se lo decía a sí mismo que se sentía todo un equipo. Aunque luego, esta simpleza y humildad, de persona íntegra y tímida de pueblo, lo hizo retroceder ante la prueba que le tomarían en Buenos Aires en el Club San Lorenzo. Se volvió a Retiro y pegó la vuelta. Lo suyo era el barrio, el pueblo y los colores rojo y blanco.

 

dibujos hugo guerrero

   
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“Un día  inesperado”

   Hace algunos años tuvimos un episodio radial al mejor estilo escatológico de H.G.Wells.

   Una locutora que dificultosamente iba ganando experiencia en una de las tantas F.M. que proliferaron por el pueblo, lanzó al aire la noticia de que se aproximaba un huracán para las primeras horas de la tarde. La emisora era de tinte popular y bastante escuchada por entonces. Recordemos que antes de los sistemas de señal por cable, la T.V. aérea comenzaba sus programas cerca del medio día. Generalmente con series tipo “Los Tres Chiflados” .

   Es casi seguro que hubo un error de conceptos en aquel momento, ya que hay una significativa diferencia entre viento, viento zonda y huracán.

   Aquí es conocido el viento que desciende de la montaña  por seco y sucio y más indeseado que temido. El huracán según la definición del diccionario es un viento muy impetuoso y temible que, a modo de torbellinos, gira en grandes círculos. Es un viento de fuerza extraordinaria que causa destrucciones y grandes males.

   Aquella mañana algunas mujeres asustadas llamaron a la radio pidiendo una ampliación de la noticia,  la muchacha que estaba haciendo sus primeras armas en el medio y notando que era requerida: aconsejó enfáticamente que sería conveniente no salir a la calle y ni que se les ocurriera enviar a sus niños a la escuela.

   La noticia proliferó como reguero de pólvora. La policía y los bomberos ganaron las calles. Los enfermeros y centros de salud estuvieron alertas ampliando sus guardias; las maestra mandaron de regreso a los niños despistados que no habían escuchado las noticias. Las empleadas del comercio se agazapaban detrás del mostrador esperando el desastre.

   A las 15 hs. el huracán no se había presentado, a las 17 tampoco. Las calles estaban desiertas. A las 18 el silencio en la ciudad era una presencia inusitada. Lo llamativo de aquel día fue el ejercicio de la angustia silenciosa. La espera de lo inevitable.

   Recuerdo que se podían oír algunos tímidos pájaros en los árboles y el taconeo lejano de algún caminante desprevenido.

   Por las alturas pasaba un gris zonda que coloreaba tétricamente el mutismo de aquella tarde.

   Al anochecer el ritmo humano volvió a la normalidad. Lo curioso fue que muchos agradecían que el huracán haya cambiado de idea y fuese a perjudicar a otros en algún lejano lugar.

   Sin dudas que la información era inexacta y cuestionable por muchos pero prevaleció de alguna manera una frase que decía: “mejor quedate, por las dudas no salgás...”

   La noche siguió tranquila y al día siguiente fue otro día que ya había olvidado las angustias recientes.

   Se podría decir, en pocas palabras, que más que un error fue un lujo que nos podemos dar los parroquianos de este lado del mundo.

   
   

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.....del fin del mundo

 

El muerto parado

 

Don Lucas vivía en la calle 25 de Mayo, frente a la Iglesia del Líbano. Tenía una especie de bar, donde vendía bebidas al público, fiambres caseros y una cerveza negra importada muy codiciada por aquel entonces. Vendía los licores sueltas en botellones de vidrio de dos litros.

   Eran famosos sus sándwiches de mortadela con cebolla y el de queso de chancho con pan casero y ciertos condimentos especiales. Se dice que nunca faltaba la música en aquel local.

Se supo escuchar en varias oportunidades a los hermanos Chanampe, interpretando tonadas mendocinas y la Zamba de mi Esperanza la cantaban como un himno con estilo propio, el barrio era una fiesta cuando tocaban los Chanampe. El volumen iba en aumento cuando el Padre Cicatto comenzaba la misa a la tarde. Fueron muy conocidas las peleas que mantenían casi todos los días; el cura lo acusaba de borracho malviviente y don Lucas le gritaba cuervo, buitre fascista y otras cosas... El viejo había sido republicano español y de ahí venía su antiguo odio a los frailes. La cuestión es que nadie pudo hacerle bajar la música de tangos, valses, paso dobles y ranchera a la hora de la homilía. El Padre hacía notar la diferencia con el lugar donde la gente iba a perder el alma.

   El viejo Lucas se sentaba en el borde de la vidriera a apreciar su música a todo volumen. Al lado estaban los talleres de la Ford y un buen día su mujer de origen italiano entro corriendo y a los gritos, entre una mezcla de  castellano e italiano se entendió:  “el mío marito está morto fermato”. Todo el mundo creyó que  aquel ataque había dado muerte al hombre, pero al tiempo se recuperó. La imagen que vieron los mecánicos fue la del individuo tieso, apoyado en la vidriera, con los ojos abiertos y con toda la rigidez de un muerto. De ahí en más el hombre fue conocido como “el muerto parado”. A veces alguien le gritaba  con dicho apodo y el tipo enfurecía queriendo matar a quien se le atravesara. El tema es que muchos de los concurrentes al bar, posteriores al hecho, iban más para ver al tipo que se había muerto que por los sándwiches y la cerveza que también tenían su fama.

 

 

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Juancito del hospital

   Tal vez se lo “olvidaron” luego de nacer y alguien se marchó y jamás pasó por él.

   Otro rumor era que quizás fuese un hijo indeseado de una enfermera.

   De todas maneras, hoy es algo muy difícil saber. ¿Cuál fue el origen de aquel personaje que merodeaba por el viejo hospital Perrupato?. Sólo Dios lo sabe, pues todos aquellos que podrían informar sobre sus progenitores, ya no deben estar en este mundo.

   En el año ’47, Juancito tendría 30 o 40 años. Era un tipo de persona especial, de esas que parecen mantenerse inalterables hasta en el recuerdo.

   Se hace impreciso dar una biografía exacta del individuo en cuestión. Este personaje pertenece más al recuerdo de unos pocos, de personas con sienes encanecidas, que a cualquier documento escrito.

   Alguna dificultad congénita lo convirtió en un ser especial. Era una suerte de niño gigante, robusto con un camino recorrido muy limitado.

   Había dos lugares seguros donde siempre, absolutamente siempre, estaba. Uno era detrás de las rejas del hospital y con unos ojos chicos y una mirada torva te veía pasar, muy atento a cualquier burla o ironía.

   Vestía un mameluco o jardinero azul, tipo Ombú, como el que usaban los obreros.

   Sólo enfurecía cuando alguien le gritaba “viva la Lepra” o cosa semejante que agrediera al club de sus amores; el “albirrojo” Atlético Club San Martín. Asustaba un poco a los pibes con un chicotito que sacaba de los bolsillos, aunque jamás hizo mal a nadie. En verdad lo que asustaba era su apariencia gigante, macizo, compacto, casi rectangular.

   Era un amante fervoroso del cine, el otro lugar de cita infaltable. No se perdía ninguna película y jamás le cobraron la entrada porque colaboraba con el transporte de los pesados rollos. A veces también recibía los boletos en el sector más complicado del cine Cervantes, el paraíso, también conocido como “gallinero”. Este sector estaba un piso más arriba, en el mismo lugar donde se encontraba la casilla de proyección. En algunas ocasiones, cuando la película no era de Cow Boys, en esas tardes frías de invierno, subía a la cabina y compartía algún cucurucho de maní caliente a cambio de algún café que los reanimara hasta el típico The End.

   ...Así pasan los días, las vidas, las cosas... El tiempo se va devorando todo.

   Si hoy estaría Juancito sosteniéndose de las rejas del viejo hospital, su mirada daría a un elegante y reciente café instalado en el parque Sarmiento. Quizás para él las cosas no habrían cambiado mucho, tan sólo se encontraría con demasiadas ausencias.

   Un buen día ya nadie vio a Juancito, lo más seguro es que haya partido hace mucho tiempo. Me lo imagino ahora como un ayudante de San Pedro. Sospecho también, que tarde o temprano, nos picará el boleto para que presenciemos nuestra propia película.

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Historias de los parroquianos

del fin del mundo

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La bruja y el resucitado

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El fenómeno de la brujería es tan viejo como la historia del ser humano, ya que la gente pensaba que muchos hechos naturales y enfermedades eran producto de "artimañas malévolas".

Las brujas tienen ciertas características particulares, es seguro que éstas respondan a sus creencias. Por ejemplo: poseen  mascotas tenebrosas entre las que están los gatos negros y búhos que emiten sonidos terroríficos y vigilan durante la noche, una que otra rata y muchas arañas en los rincones de su oscura mazmorra y por supuesto la presencia de una calavera sobre el empolvado libro de recetas de magia, conjuros y pócimas venenosas.

Allá por los años ’40 cerca de la estación del ferrocarril hubo una renombrada bruja, doña Visitación. Bruja que poseía un entorno semejante a lo que cuentan las leyendas. Y según dicen algunas personas que aun la recuerdan, era consultada en diversos aspectos, donde la línea de lo ético se trazaba de acuerdo a las circunstancias y motivaciones del momento.

Lo cierto es que muchas de estas personas, hoy adultas, en más de una ocasión fueron curadas de diarreas, fiebres, empachos y ojeaduras con brebajes que sabían a tanino, madera  de quebracho o cáscara de granada.

Era famosa también con las pócimas para el amor. Alguien que la conoció de cerca afirma que daba con las medidas exactas de  semillas de amapola, de laudano y belladona como un potente afrodisíaco para “cazar” a cualquiera.

Se cuenta que más de un galán fue descubierto dormido y desnudo en la habitación de alguna muchacha joven. Esto, por aquella época, era una suerte de compromiso matrimonial tácito. De pronto la doncella desarrollaba su estudiado papel, entre sollozos y arrepentimientos, mientras el joven posaba medio inconciente y desnudo ante la mirada encendida de tíos, hermanos y padres de la joven en cuestión. Situación poco grata, por cierto. Y así parece que entre brebajes y artimañas caía el dandi en el lazo.

También se habla de otras fórmulas secretas donde intervenía el veneno de la piel de sapo y los bigotes de puma, pero esto ya no era para el amor.

Describen a la bruja de buen aspecto, vestida de negro, caminaba por las noches sobre el techo e imitaba el sonido de las lechuzas, infundiendo temor a los vecinos.

El marido de doña Visitación, era un español que poseía una pequeña industria; producía dulces, aceitunas y un popular escabeche de bizcacha. Tenía fama de conquistador de algunas, de las humildes jóvenes que empleaba en su empresa doméstica. Su mujer, le había jurado una venganza terrible. Así fue que un día lo encontraron frío y tieso en su habitación. Era común cuando no se hallaba una causa específica de fallecimiento que se caratulara el deceso como un “cólico cerrado” y a otra cosa...

La bruja cobró gran fama cuando se difundió la noticia que había resucitado a su marido. Durante años se comentó esta hazaña. Es más, cuando la gente vía venir al “difunto vivo”, se cruzaba de vereda, atemorizada por el prodigio.

La historia tiene sus particularidades. Cuando el hombre murió, llegó al pueblo un hermano, muy parecido o tal vez mellizo, con rasgos españoles por demás definidos, el tipo que solemos llamar gallego, de cejas anchas y juntas, pelo duro, carpincho. Vestía los mismos trajes o quizás los del propio difunto.  Fumaba toscanos  del mismo tipo y con iguales características. Todo esto parece haber reforzado la superstición del “muerto resucitado”, dándole a la bruja una fama incomparable. Algo nunca visto hasta el momento.

Este doble que oficiaba de rescatado de la parca, con el tiempo ocupó el lugar de su hermano; con su simple presencia, alimentó un mito que aun perdura en la memoria de muchos.

 

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Las necesidades del tío Mario

 

 

   El tío Mario vivía a la vuelta de casa. Tenía costumbres conservadoras y su casa se parecía a su aspecto. El exterior era extremadamente insípida, de ladrillos vistos jamás pintados, con una vereda de cemento pelado y algunas plantas que no necesitaban demasiado riego. El interior era algo distinto, tenía cortinas de terciopelo, muebles de caoba, una imponente biblioteca y los pisos estaban cubiertos de alfombras persa, lugar donde dormían una cierta cantidad de perros ratoneros.

   Dicen que en sus años de juventud fue contador de algunas empresas exportadoras, luego enviudó y sus actividades y aspecto cambiaron. Era común verlo de alpargatas desflecadas, con la misma ropa ombú gastada, un pañuelo al cuello y un pucho armado entre los labios, semi apagado. Ese halo de misterio, de dejadez, producía cierta repulsión en las mujeres, cuestión que dificultaba organizarse con una nueva pareja. Nadie lo vio trabajar jamás pero no sufría necesidades. Es posible que cobrase alguna dudosa pensión o que su hija que vivía en Europa le enviase dinero todos los meses.

   Una noche urgido por ciertas necesidades, lo vimos vestido con un impecable traje oscuro, un pulcro sombrero, exquisito perfume y un habano por encender.

   Marchó al cabaret en busca de alguna ternura ficticia y de regreso trajo a su casa un par de muchachas jóvenes de aspecto saludable. A partir de ahí, toda su vida cambió. Había convenido con el “regente” de las chicas, darles alojamiento cuando fuese necesario, cuidarlas, alimentarlas y de alguna manera ... entretenerlas. A cambio de algunos servicios de  “mantenimiento del hogar”. Así fue que las chicas iban rotando de pares o tríos. Dormían hasta muy tarde y por la siesta solíamos espiarlas desde el muro mientras tomaban sol. Por las noches pasaba un gran auto a recogerlas, las llevaba a trabajar.

   La felicidad se manifestaba en la cara del tío Mario. Algunos vecinos se quejaban a las autoridades por la inmoralidad del hombre, pero en concreto nadie denunciaba nada, así que el comisario un día lo llamó y le recomendó elevar las medianeras y que mantuviese a las mujeres dentro de la casa.

   Solía verlo al mediodía en el almacén del barrio, siempre compraba las mismas cosas: algunos alimentos, un paquete de tabaco Richmond y un par de botellas Pangaro. Así transcurrían sus días de gloria, entre las odiosas  miradas de las vecinas y la envidia de sus maridos.

   Un día cansado de los excesos se peleó con las mujeres, las echó a la calle junto a sus estrafalarias ropas y luego se lo vio  muy poco o casi nada por la calle, vivía encerrado. Hacía sus pedidos al mercado por teléfono y el cadete solía informar algún vecino el aspecto terrible con el que lucía el tío Mario. Dicen que tenía una enorme barba blanca y vestía con una túnica de tipo japonesa. Una tarde se escucharon unos disparos y ciertos destrozos en la casa. Luego llegó una ambulancia y se lo llevaron y no lo volvimos a ver.

La casa quedó cerrada, desabitada y entornada por una suerte de maldición.

   Pasaron los años y todo quedó igual, intacto, hasta la misma libidinosa imaginación de las vecinas quedó suspendida en el aire. Rara postergación que extrañaba el taconeo de madrugada o una milonga maldita o al menos el vaho de algún perfume barato. Pero no, nunca se repitieron aquellas escenas, la casa estaba entornada por un silencio mortuorio, una ausencia que se presiente al pasar por la vereda de don Mario.

   Cuando ya nadie se acordaba del tío, luego de unos 20 años en que lo habían llevado al manicomio, la casa se volvió a abrir, las vecinas expectantes esperaban que alguien saliese para verle la cara. El joven hizo su aparición pintando el frente de la vivienda. Visto a unos cuantos metros era la réplica exacta de Mario, mucho más joven y con un abultado cabello negro. Nadie se animó a preguntarle quien era, apenas un “buen día” decían tímidamente con el objeto de mirarlo de cerca. Una señora de esas que nunca falta, muy animosamente se atrevió a entablar una mínima conversación y de ahí supo que el joven se llamaba Mario. “¡Oh, Dios!” Repitieron las otras cuando se enteraron. En los mismos fragmentos de información que había obtenido la vecina, también supo, que este joven no era ni hijo, ni nieto, ni siquiera pariente del tío. Por un lado veían este hecho positivo, pues en una de esas, se trataba de una alucinación vecinal.

   Por la noche la presencia viva del tío se hizo sentir, la música ahora era una insidiosa cumbia, el vino común con gaseosa, la cerveza y los taconeos fueron  los mismos de antaño... Cada instante de ausencia parecía que había sido la creación de algo que se había duplicado en idénticas características y tendencias.

   Esto confirma de alguna manera que nada cambia en el barrio Córdoba. Todo se regenera y vuelve con las mismas señales. Algo aparentemente maldito que replica, hasta la vieja humedad  brota con extrañas señales en los ladrillos nuevos.

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dibujo Hugo Guerrero

   
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Turco sentado

 

 

   Todos sabemos que estas tierras, cada tanto, son sacudidas por temblores y terremotos. Razón por la cual todo crece hacia los costados; es decir, más a lo ancho que a lo alto.

   La escena transcurre en el  Barrio Córdoba, uno de los más antiguos e inalterables que hay en el pueblo. Un lugar donde el tiempo parece detenerse, de casas semejantes  y diseñadas sólo en la mente de viejos constructores. Con modestos jardines de vegetación resistente al sol de estas alturas. Este es  medio exactamente propicio para producir  personajes como el “turco sentado”. Le decían turco por esa costumbre Argentina de meter a todos los parecidos en la misma bolsa.

    El hombre era de origen sirio. De grandes ojos, pelado a cero, de cabeza redonda y bigotes blancos mostachos terminados en punta.

   Hace años solía pasar en una carreta tirada por un par de overos, situación que no  lograba hacer pasar desapercibido al turco. Se lo escuchaba venir por las calles de tierra, rodeado de una jauría que quedaba enloquecida un largo rato después de su paso.

   Siempre estaba en la calle, a cualquier hora del día se lo podía encontrar en actitud de estar haciendo algo. Por la tarde, cerca del anochecer se lo veía sentado al revés en una silla de madera y paja, fumando unos apestosos cigarros que se olían a una cuadra a la redonda. Miraba hacia la acera como uno mira la televisión. Veía una especie de desfile de marionetas mudas que eran lo que mostraban ser.

   Luego la Municipalidad le prohibió tener caballos en el fondo de su vivienda y  todos comenzamos a  extrañar el paso de ese personaje de fábula que nos imaginábamos.

    Me mude de ciudad y ya no lo vi al turco hasta pasado diez años en que regresé al barrio. El turco estaba sentado igual que antes, más viejo e inamovible que nunca. Tenía ganas de preguntarle algo, de escuchar como hablaba, pero sabía que no era bueno para dar indicaciones, siempre decía “por allá” señalando algo delante de él cuando le preguntaban por una calle o un vecino. Pero lo tenía frente de mí, lo había visto en ese mismo lugar durante mi niñez y mi adolescencia, ahí seguía, con los ojos entornados recordando algo. De pronto me animé y le pregunté lo que siempre quise preguntarle: “¿qué hace?” dije. Me miró como si mirara un órgano en disección y luego no dijo nada. Siguió mirando sin ver e ignorándome por completo. Ahora mi duda había crecido infinitamente. Me senté a un costado, en el cordón de la vereda con la intención de comunicarme con su silencio. Todo parecía apagarse en esa órbita, el silencio dominaba el entorno.

   Advertí que el turco estaba emocionalmente muerto y antes del atardecer lo supe. La causa fue una mujer que lo abandonó, un amor que supo escaparse a tiempo de su lado. Miré por última vez al turco sentado y estaba respirando un vértice de la luna que iba asomando.

   En un oscuro fondo, vaciado de emociones, él sostenía una mínima esperanza, algo imposible para la razón. Eso era, esperaba a la mujer. Pero jamás la pudo traer desde la testarudez y el vacío emocional. Sólo lograba generar un torbellino que absorbía y borraba todo en un exacto punto del planeta.

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Doña Quica

    Este relato es de la época de  cuando las  calles del pueblo eran, casi en su totalidad, de tierra. Cada tanto pasaba un camión regador que por algunos minutos amainaba la polvareda. Esto se hacía más complejo los días secos de verano. Por entonces se la solía ver a doña Quica haciéndole frente al clima con su simple e ingenioso utensilio de riego, era una lata de aceite de cinco litros con un palo atravesado al medio. Obtenía el agua directamente de la acequia y pacientemente mojaba la calle y el frente de su casa. Había que esperar los turnos de agua para regar las pequeñas huerta familiares. Los lotes solían atravesar toda la manzana, o como en el caso de doña Quica, su morada tenía forma de L y se comunicaba con la calle perpendicular. Era increíble lo que se producía y obtenía en aquellos espacios. Había frutales, verduras, viñas, chanchos, patos, gallinas, conejos y casi todo lo necesario para prescindir del más importante de los supermercados. Por cierto, lo que abundaba era el trabajo. Todo se hacía en casa. La vivienda era una sucesión de habitaciones en forma lineal y se multiplicaban según aumentaba la familia. Había una pieza especial de acceso restringid, consistía en un gran espacio sin ventanas, ahí se  guardaban y protegían las bolsas de harina, maíz, jamones que colgaban del techo y algún vino artesanal.

   Una tarde mientras jugaba en su huerta me llamó y me ofreció algo para comer. Era pan casero amasado con sus propias manos y algún dulce de frutos de sus árboles. Probé sus manjares y la sensación fue más allá del paladar. Algo me remitía a una tibieza compleja de traducir, algo que se hacía durante años con la misma pasión. Hoy, después de mucho tiempo, creo que el ingrediente clave de sus alimentos era la energía depositada en los mismos.

   Doña Quica vivió una centuria, hasta hace algunos años se la solía ver por las tardes resistiendo a un escuálido progreso con aspecto de vulgaridad y hacinamiento.

   Volví a verla, estaba muy anciana, sentada cerca del viejo aljibe, con su largo y antiguo vestido, robusta y de postura orgullosa. Me acerqué lentamente hacia ella y pareció reconocerme. Me preguntó que deseaba y le dije que venía a curarme el empacho. Rió en complicidad y me dijo que yo  ya no estaba para aquellas cosas pero si quería podía llevarle a mis hijos que ella los curaría.

   Sus manos, afectadas por el reuma, eran una clara propuesta de orientación de la vida.

   Hoy la calle es de asfalto, ya no hay huertas ni animales y es muy difícil escuchar el trino de algún pájaro. Toda su gran vivienda es una enorme ferretería, no hay nada que logre recordar aquel emblemático lugar de trabajos hogareños, de remedios caseros, del vinito dulce de las siete de la tarde. Ni siquiera está la gran higuera en el fondo del lote donde habíamos colocado la antena para la radio Galena. Sólo queda el recuerdo y la añoranza de aquellas cosas que se hacían con las propias manos.

   El tiempo devoró todo, el cemento tapó las hileras, las acequias y todo el verde esforzado. Recorriendo la ferretería no encontré ningún vestigio del pasado. Al irme creí escuchar aquella voz de la abuela de todos: “no dejés la tranquera abierta”. Eso hice, cerré el imaginario portón para que no se escapase nada. Me marché, de donde ahora, sólo puedo regresar a través de la memoria.

   
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